La paradoja de Bezos

Los economistas del desarrollo discuten, a veces acaloradamente, sobre si debemos mantener la Ayuda financiera a los países subdesarrollados. ¿Hay que eliminar el auxilio internacional y que el mercado resuelva el futuro de los más pobres de la tierra? O al contrario, ¿hay que seguir confiando en la acción de gobiernos, instituciones multilaterales, ONGs y filántropos para combatir el atraso económico en busca del crecimiento? Trataremos de explicarlo a través de lo que denominamos ’la paradoja de Bezos”, por el apellido del humano más rico del planeta.

El Easterly versus Sachs es ya un clásico vivo (aquí). Bill Easterly (New York University) sostiene que hay que sustituir la Ayuda al Desarrollo por un sistema de incentivos que active las fuerzas del mercado libre. Jeffrey Sachs (Columbia University) explica el intervencionismo de las instituciones supranacionales es clave para escapar de la trampa de la pobreza

Easterly ha calculado que la Ayuda a África de los donantes internacionales, entre 1960 y 2019, asciende a nada menos que a “$1,5 Trillion in today’s dollars”, y concluye que hubiese sido mejor asignar una cantidad de capital a cada africano para que emprendiese el camino hacia el desarrollo. Como contrapunto, Celestin Monga, profesor en Harvard, ha hecho el sencillo ejercicio de comparar el valor contable de la fortuna de Bezos con el PIB de algunos países subsaharianos.

La aritmética muestra que una sola persona acumula aproximadamente el equivalente a la riqueza de Kenya, Ghana y Senegal, tres de las economías más dinámicas del continente, habitadas por ¡102 millones de personas! Los africanos son muchos y viven con unos ingresos escuálidos. Aunque hayan mejorado relativamente mucho en las dos primeras décadas del siglo XXI (como se aprecia en el gráfico), el ingreso medio anual de cada ghanés es, en dólares americanos, 2.205, 1.878 por cada keniata y 1.472 por cada senegalés.

Según la lista de Forbes, en 2021 Jeff Bezos seguía siendo el hombre más rico del planeta por cuarto año consecutivo. Su fortuna personal ascendía a 180.000 millones de dólares. Su imperio de e-comercio no ha parado de expandirse. Además, el sistema fiscal norteamericano le permite pagar muy pocos impuestos y, de ese modo, seguir acrecentando su acumulación de capital (Saez y Zucman en taxjusticenow.org). A cambio, el magnate de Albuquerque practica la filantropía (y los impuestos directos los pagan sus trabajadores).

PIB per capita en $US corrientes de Ghana, Kenya y Senegal en 2020. Fuente: Banco Mundial

¿Debemos mantenernos insensibles a un hecho forjado en oportunidades de negocio con ganancias que se redistribuyen tan desigualmente? Algunos economistas lo entienden como la consecuencia más natural de la libertad económica. Otros han puesto en solfa la legitimidad del negocio por el que Amazon ha mutado las reglas del comercio y de la sociedad postindustrial de la globalización (aquí y aquí). En todo caso, esa brecha simboliza el problema de la relaciones entre ética y economía. El mismo Bezos se debe sentir incómodo con esa imagen de ‘tiburón del capitalismo’ y ha decidido actuar para ofrecer un rostro más amable, el de un billonario preocupado por los desastres de nuestra civilización.

A través de la Bezos Earth Foundation, un grupo de tecno-multimillonarios, va a destinar antes de 2030 unos 10.000 millones de dólares en proyectos de lucha contra el cambio climático. Muchos se hallan en el corazón de África. La filantropía al rescate de una buena causa: ayudar a las comunidades más pobres y marginales, víctimas de la injusticia medioambiental. Lo que incluye la restauración de ecosistemas destruidos o en riesgo, la descarbonización de la economía y la financiación ingente de retos empresariales que beneficie a los habitantes de cada región. Es decir, la solución salomónica al duelo Easterly-Sachs, a la vez que una potente estrategia reputacional ‘green and friendly’ a un precio imbatible: el capital que van a inyectar equivale apenas al 5,5 por 100 de la fortuna del rey del comercio electrónico.

Para acabar de explicar la paradoja hay que incluir la estrategia de Amazon en Africa. Hasta hace poco el volumen de negocio en ese continente había sido escaso. Sin embargo, la expansión de la telefonía móvil en la última década (millones de africanos que compran desde sus dispositivos) ha disparado los negocios en línea, acelerados por el confinamiento del Covid-19. Bezzos acaba de anunciar su desembarco en Nigeria y Sudáfrica, las dos economías más potentes y pobladas, para desplegar sus plataformas de comercio y de servicios multimedia. La buena noticia es que los estudios de mercado indican que existe una clase media africana emergente que consume esos productos. La mala noticia es para las empresas tecnológicas africanas (Konga, Jumia y Takealot) que se habían adelantado una década dando forma al negocio y ahora se han echado a temblar ante el nuevo competidor (aqui). La paradoja de Bezos, en conclusión, encierra la contradicción entre crecimiento económico y reparto de las ganancias. El eterno debate de nuestras sociedades, aquí y en África.

Joseba De la Torre

Universidad Pública de Navarra

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